Reseña: Feral (Salvajes) Vol. 4 Petcity (Tony Fleecs, Trish Forstner, Tone Rodriguez)

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Feral_Petcity

Todo régimen autoritario que quiera perdurar en el tiempo necesita una pátina de legitimidad. Que parezca que se están haciendo las cosas bien y que haya una ilusión de justicia para los represaliados. Aunque, realmente, no deje de ser una pantomima. Así arranca el cuarto volumen de Feral (Salvajes), con Lord Fluffy Britches sentado en el banquillo de un juicio que tiene mucho más de espectáculo que de justicia. Y pocas escenas podrían resumir mejor lo que nos espera en este tomo, porque en el mundo de Feral la ley no es más que lo que decide aquel está al mando en cada momento, ya sea Madre Helena en esta primera escena o Lucky conforme vamos avanzando en la lectura.

Como tristemente descubrimos al final del tercer volumen, detrás de la aparente seguridad de Petcity (comida, juguetes, muros gruesos y ni rastro de la rabia) se ocultaba algo mucho más oscuro de lo que se prometía. Este cuarto tomo recoge el testigo justo ahí, con Elsie y el resto de gatos domésticos atrapados entre la espada y la pared: dentro, Madre Helena y su siniestra comunidad de gatos que ha perdido todo contacto con la realidad; fuera, una legión de bestias infectadas por una rabia que sigue descontrolada. La solución, a priori, parece sencilla: ¿por qué no tomar el control de Petcity, desmantelar el régimen de Madre Helena y llevar una vida tranquila y segura? ¿Qué podría salir mal? Pues, como podéis imaginar… prácticamente todo.

Aquí es donde aparece el primero de los grandes temas de este tomo: la ambición por el poder y cómo, al alcanzarlo, aflora nuestra peor cara. Una vez derrocado el régimen anterior, Lucky, el gato callejero carismático y resolutivo que se había ido erigiendo en el líder del grupo protagonista no tardará en convertir la tienda en su pequeño reino particular bajo la amenaza de Moosh, el enorme perro al que todos temen. Lo verdaderamente interesante es que Tony Fleecs no plantea la clásica corrupción que provoca el ejercicio del poder, sino que muestra el poder como algo que desenmascara: el Lucky que gobierna no es un gato distinto, es el mismo de siempre, solo que ahora nadie puede pararle los pies. ¿Es el nuevo orden mejor que el de Madre Helena? Quizá menos aberrante, pero desde luego no más justo. Una vez más, Feral nos pone frente al espejo con una pregunta incómoda y muy vigente: ¿cuánto tardamos en parecernos a aquello contra lo que luchábamos?

El segundo gran tema está muy relacionado con algo que comentaba en la reseña del tomo anterior. Decía entonces que empezaba a intuirse un patrón (falso refugio → huida → falso refugio) que podía acabar volviéndose repetitivo. Pues bien, en Petcity da la sensación de que Fleecs es perfectamente consciente de ello y decide convertir ese ciclo en el propio corazón de la historia. Si la cabaña de La señora de los gatos se vino abajo en cuanto surgieron las primeras fricciones, la tienda de animales, por grandes que sean sus estanterías, va a seguir el mismo camino. Y es que en el apocalipsis ningún paraíso es duradero: todos llevan dentro la semilla de su propio colapso. Es algo que ya aprendimos en The Walking Dead: los muros nos pueden proteger (hasta cierto punto) de las amenazas exteriores, pero actúan como una olla a presión acelerando la cocción de todo lo que se cuece dentro. El problema nunca fue el refugio, sino quienes lo habitan.

En lo que respecta al guión, este tomo supone la culminación del giro que Fleecs llevaba marcando desde aquel primer tomo movido por el terror y el instinto de supervivencia más primario. Sin dejar completamente lado la acción y la tensión, el peso narrativo está ahora mucho más cerca al drama de personajes y a la intriga política: alianzas que se rompen, traiciones, un triángulo amoroso que lo complica todo y decisiones que no tienen vuelta atrás. Una apuesta que funciona especialmente bien porque, tras 20 números publicados, conocemos lo suficiente a los personajes como para poder construir sobre sus inquietudes, miedos y esperanzas.

En el apartado artístico, Trish Forstner y Tone Rodriguez siguen caminando con seguridad en esa delgada línea entre la adorabilidad de unos gatos que podrían estar sacados de cualquier película de Disney y la crudeza de la historia, sin cortarse ni un pelo a la hora de mostrar la violencia y el horror, que tan bien funcionaba desde el primer tomo. En esta ocasión, además, me gustaría destacar el detalle de los primeros planos, que ganan muchísimo peso para transmitir muchísimas cosas sin necesidad de palabras.

Petcity, el cuarto volumen de Feral (Salvajes), llegar puntualmente a las librerías de la mano de Norma Editorial, recogiendo los números 16 a 20 de la serie original de Image Comics. Como en las entregas anteriores, el tomo se completa con una pequeña biografía de los autores y la habitual galería de portadas, en la que siguen apareciendo esas versiones alternativas que homenajean viejos carteles de películas de terror y que ya se han convertido en un clásico de la serie. Ahora, lo de siempre… toca esperar a la siguiente entrega para saber qué les depara el destino a nuestros gatos favoritos.

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