Reseña: Cadáveres exquisitos Vol. 2 (James Tynion IV, Michael Walsh)

Ingenuidad. Impunidad. En estos dos sencillos conceptos que cohabitan en la misma viñeta se podrían condensar las casi 300 páginas de Cadáveres exquisitos que llevaremos acumuladas tras los dos primeros volúmenes. En apenas un par de bocadillos y una silueta conviven la ingenuidad de quien todavía cree que existe algo parecido a la justicia y la certeza fría de quien ha conocido la verdad sobre el verdadero poder y ha perdido toda esperanza. Un poder que no necesita esconderse tanto como creemos, al que le basta confiar que el ruido y su influencia lo taparán todo. Que se siente tranquilo porque sabe que, si un pueblo entero es arrasado en la noche de Halloween no será noticia sino que se convertirá en una anécdota más devorada por el scroll infinito o en otra teoría de chiflados conspiranoicos enterrada bajo capas y capas de información inútil. Las trece familias no se molestan en tapar el juego porque saben que no hace falta. Y esa certeza, más que cualquiera de sus asesinos, es lo verdaderamente aterrador de esta serie.
Si en el primer volumen Tynion y Walsh dedicaban sus páginas a montar el tablero —las trece familias asociadas a los trece estados fundacionales, el battle royale quinquenal que decide quién gobierna el mundo, Oak Valley como tablero elegido al azar y sus vecinos como fichas involuntarias— y derramar la gasolina, este segundo tomo es el momento en el que salta la chispa y todo comienza a arder. Pura anarquía, sin control. Aquí ya no hay presentaciones ni piezas colocándose: hay violencia, caos y una escalada que no da tregua desde la primera página. La extrañeza que flotaba en el ambiente del volumen anterior, esa sensación incómoda de que algo raro estaba pasando en el pueblo, se transforma en desconcierto absoluto, en horror puro y, sobre todo, en una incapacidad total para comprender qué demonios está ocurriendo.
Y ahí es, de nuevo, donde la serie encuentra su latido. Porque lo fácil sería regodearse en los asesinos, que son un festival de diseño y de imaginación macabra, pero el equipo creativo tiene clarísimo dónde está el corazón de la serie. Salir a pedir truco o trato. Bailar con los colegas en una discoteca. Sobrevivir a la jornada laboral y al cretino del jefe. Acercarse a la fiesta de Halloween en El Agujero. Rutinas mínimas, cotidianas, reconocibles, que de pronto se convierten en sentencias de muerte sin que nadie sepa por qué. Los vecinos de Oak Valley no se enfrentan a un enemigo: se encuentran de bruces contra una devastación que no habían visto venir, sin posibilidad de huir, pedir ayuda o enfrentarse a ella. Es una forma de terror mucho más sucia e incómoda que la del slasher tradicional, porque elimina cualquier posibilidad de comprensión y, con ella, cualquier posibilidad de resistencia.
Mientras tanto, desde una cómoda distancia – literal y metafórica -, las familias siguen mirando las pantallas. Comen, beben, ríen y apuestan sobre el recuento de víctimas civiles, charlan casualmente como quien comenta una jornada de liga. El contraste entre ambos planos es otro de los grandes hallazgos narrativos de la serie, y en este volumen se afila hasta hacer daño. Nunca vemos a un poderoso mancharse las manos. No les hace falta. Para eso están los asesinos, para eso está el dinero y, sobre todo, para eso está la certeza de que nadie va a pedirles cuentas jamás.
En lo artístico, el juego del Equipo Cadáver sigue funcionando como un reloj. Estos cinco números reparten el trabajo entre nombres como Che Grayson, Adam Gorham, Pornsak Pichetshote, Tyler Boss, Claire Roe o Gavin Fullerton, además de los propios James Tynion IV y Michael Walsh, cada uno aportando su voz a un episodio o a un personaje concreto. Una vez más el color de Jordie Bellaire, que en esta ocasión se atreve incluso a coguionizar uno de los episodios, vuelve a hacer de argamasa y mantiene la unidad del conjunto incluso cuando el dibujo cambia radicalmente de registro. Esos rojos saturados que devoran la página funcionan a la vez como firma visual de la serie y como termómetro de su violencia. Y a la rotulación de Becca Carey le toca una tarea nada menor: sostener el pulso de unas páginas donde el ruido, el pánico y el silencio tienen que convivir.
No quiero entrar en quién va a morir, de qué manera ni en qué orden, y lo digo conscientemente: parte de la gracia de Cadáveres exquisitos está precisamente en esa ruleta rusa permanente, en no saber nunca si el personaje al que le estás empezando a coger cariño (si es que cariño es la palabra correcta, sobre todo con alguno de los asesinos) va a llegar a la página siguiente. Sí que diré que este tomo termina con una pila de cadáveres (exquisitos o no) considerablemente más alta que el anterior. Si quieres saber cómo acaba la cosa y como quedan las piezas para el siguiente y último volúmen… tendrás que descubrirlo leyéndolo, como tiene que ser.
Norma Editorial recoge los números 4 a 8 de la serie original de Tiny Onion publicada originalmente por Image Comics en un tomo de 144 páginas a todo color, en rústica, y con una portada dedicada al icónico Rascal Randy (que, por cierto, en Estados Unidos cuenta ya con su propio spin-off).
Cerraré volviendo a la viñeta del principio. Porque lo más interesante no es lo que el asesino revela, sino lo que provoca: que la ingenuidad se convierta en rabia. Y esa rabia es, posiblemente, lo único que pueda acabar con la impunidad. Ahora, otra vez, a esperar.


Miembro de Reserva de Maná y director de Low Poly. Lector de cómics, cinéfilo, y curioso de la tecnología. Part-time dreamer.