Reseña: Chew Integral #1 (John Layman y Rob Guillory)

Los tebeos de Image siempre han sido, o han tenido la fama, de ser un oasis de originalidad en un panorama que lleva muchos años dando síntomas de agotamiento y sirviendo más como puente hacia las abundantes y muy disfrutables adaptaciones cinematográficas. Y lo cierto es que de esta editorial han saludo muchos de los tebeos que más ha celebrado este que os escribe. Y uno de los ejemplos más claros de esto es Chew, la obra nacida en 2009, de la mente de John Layman y los lápices de Rob Guillory.

La historia de este tebeo no es, a falta de un adjetivo mejor, extravagante. Esta nos situa en un futuro distópico en el que tras un terrible estallido de gripe aviar, la FDA (Food and Drug Administration, un organismo real y vigente en los USA) se convierte en el organismo regulador más importante y relevante de los Estados Unidos y prohibe, traguen saliva, EL POLLO. No se puede comer pollo. Y claro, todos sabemos lo que pasó cuando a principios del siglo pasado se prohibió el consumo de alcohol. Digamos que la FDA y sus agentes tienen BASTANTE trabajo.

Porque no se ocupan sólo de perseguir el tráfico ilegal de carne de pollo. Cualquier crimen relacionado con la comida también cae dentro de su jurisdicción. Y es aquí donde entra en juego nuestro protagonista, Anthony Chu, agente de policía que por una extraña cadena de acontecimientos acaba siendo reclutado como agente de la FDA. Y lo que es más importante, cibópata. Esto quiere decir que de todo aquello que ingiere obtiene una impresión psíquica, lo cual le permite, por ejemplo, comer una lechuga y ver cómo fue plantada, quién la regó, como fue recolectada, preparada y aliñada para ser servida. Ahora imaginad qué es lo que verá cuando se coma un filete. Es por este don, o esta maldición, que lo único que Tony come sin pasarlas canutas son las remolachas en conserva. Pero claro, siempre puede hacer de tripas corazón y valerse de un pequeño bocado para resolver el caso de homicidio. O peor aún, de tráfico ilegal de alimentos de origen aviar.

Como podréis deducir, Chew tiene un fuerte componente de humor negro, pero no se queda ahí. De hecho el género de thriller policiaco está tanto o más presente que la comedia, además de coquetear con la ciencia-ficción al principio, para abrazarla sin complejos pasados unos pocos números. Además, en ningún momento se corta esta obra a la hora de mostrarse sangrienta y escatológica en ocasiones, sentimental e intimista en otras, gracias unos personajes que más allá de las absolutamente locas situaciones en las que se ven envueltos, se sienten francamente verosímiles y están escritos con muchísimo cariño. No es un tebeo que vaya agradar a todo el mundo, eso está claro. Pero incluso en los momentos más desagradables, oscuros o experimentales, el dibujo absolutamente exagerado y desproporcionado de Guillory aligera el tono y hace muy agradable y fluido el paso por las páginas. Es un tebeo que a poco que entres en la historia, te lo bebes más que a gusto en una tarde.

Y para completar los primeros veinte números de esta magnífica historia, el tomo viene cargado hasta los topes de extras. Bocetos, guiones, portadas, artículos y diseños preliminares son sólo algunos de los muchos añadidos que vais a poder encontrar en este tomo de cerca de 600 páginas que Planeta nos trae de vuelta en un formato integral una de las mejores historias que nos dio el cómic independiente la década pasada. El precio, 50€, puede sonar excesivo, pero creedme cuando os digo que vale cada uno de ellos, y que difícilmente vais a encontrar un tebeo tan divertido y original como Chew.

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