Reseña: Kimba, el emperador de la jungla (Osamu Tezuka)
Leones, selva africana, estampidas, nubes con siluetas, el ciclo de la vida… Leyendo todo esto uno podría pensar en El Rey León (Roger Allers, Rob Minkoff, 1994) y sí, acertaría, pero lo cierto es que casi 50 años antes todos estos elementos habían aparecido ya en una de las obras más ambiciosas de nuestro querido Osamu Tezuka. Estamos hablando de Kimba: el emperador de la jungla.
Publicada originalmente entre noviembre de 1950 y abril de 1954 en la revista Manga Shonen, la historia del león blanco Leo rápidamente se convirtió en una de las más populares de todo Japón y en el primer gran éxito comercial (tal fue su éxito que años más tarde se convertiría en la primera serie de televisión en color de la historia de Japón) de un Tezuka que con esta obra ya empezaba a plasmar en negro sobre blanco algunas de sus obsesiones más profundas que volverían recurrentemente a lo largo de toda su producción literaria: civilización vs naturaleza, belleza vs crudeza, el egoísmo y la hipocresía del ser humano o la búsqueda de identidad en un mundo en constante cambio.
Tezuka nos propone una historia circular, que arranca con Punja, el gran león blanco que gobierna la jungla con nobleza e inteligencia. Sin embargo, finalmente caerá abatido por unos furtivos que utilizan a su esposa como cebo, a la que acabarán mandando a un zoo. En el trayecto, exiliado, nacerá el pequeño Leo, que conseguirá escapar de sus captores y llegará hasta Adén, donde conocerá al joven Kenichi y al profesor Mostacho, junto a los que comenzará una nueva vida.
Como podemos imaginar, a partir de ahí comenzará su camino para regresar a África y recuperar el trono que le corresponde. Sin embargo, su aproximación al gobierno será profundamente humana, y tratará de imponer la razón y la socialización humanas frente al instinto animal, con todos los problemas que esta situación contra natura conlleva. El componente circular seguirá presente cuando Leo conozca a la leona Lyra, con la que formará una familia de la que nacerán los cachorros Lune y Lukio. Juntos vivirán gran cantidad de aventuras, dentro y fuera de la selva, hasta un impactante, emocionante y seguramente inevitable clímax final que, aunque inesperado, no hace sino condensar todas las ideas sembradas a lo largo de sus más de 500 páginas.
Artísticamente destaca por la representación de una naturaleza en constante movimiento con vibrantes secuencias de acción en las que participan por igual humanos y animales y que contrastan en su violencia con los habituales trazos suaves y redondeados, casi caricaturescos, que se han convertido en marca de la casa del genio japonés. En esta línea burlona, cabe destacar la representación de los indígenas africanos, con unos rasgos que hoy en día serían calificados como racistas, y sobre la que se habla brevemente en un pequeño texto después del epílogo.
Kimba: el emperador de la jungla llega a las librerías de la mano de Planeta Cómic en la que está considerada su edición definitiva, después de que parte de los originales se perdiesen en la década de los 60 y el propio Tezuka tuviese que volver a redibujar e incluso cambiar algunos de los diálogos. La edición, presentada en un tomo de 528 en tapa dura y estilo de lectura japonés, cuenta con una traducción al castellano de Marc Bernabé que toma una decisión bastante curiosa: mantener durante todo el libro el nombre del protagonista con su nombre original japonés, Leo, pero cambiarlo por Kimba (nombre escogido para las versiones internacionales) únicamente para el título.


Miembro de Reserva de Maná y director de Low Poly. Lector de cómics, cinéfilo, y curioso de la tecnología. Part-time dreamer.