Reseña: El Arte de Volar – El Ala rota (Altarriba / Kim)

De los más de 500 años de historia de España (y eso solo ciñéndonos a lo que podríamos considerar España como tal), con etapas tan fascinantes como Al-Ándalus, la Reconquista, las guerras carlistas, dos siglos de imperio o las invasiones francesas, el periodo que más se ha retratado en los medios audiovisuales es, sin lugar a dudas, la Guerra Civil española y sus años posteriores. Esos 43 años que abarcan “guerra, posguerra y dictadura” han sido el germen de innumerables publicaciones y relatos que han tendido a idealizar (para bien o para mal), una de las etapas más tristes y sombrías de nuestra historia reciente.
Un tiempo en el que millones de personas sufrieron todo tipo de calamidades solo para sobrevivir durante y después del conflicto. Gente común, como tú o yo, obligada a alistarse en un bando u otro para enfrentarse a quienes, hasta el día anterior, eran sus vecinos y amigos. Altarrubia nos cuenta dos historias, publicadas con seis años de diferencia, que ofrecen otra visión (una más), del conflicto y sus secuelas. La originalidad de ambas reside en que narran la vida de sus padres.
El arte de volar narra la vida de Antonio Altarriba, un joven de la Zaragoza rural al que la guerra sorprendió en plena búsqueda de su lugar en el mundo. Ese acontecimiento lo llevó del pequeño pueblo de Peñaflor al frente nacional, luchando contra los “rojos”, para después pasarse al bando republicano, verse forzado a huir y terminar capturado por las tropas alemanas. Tras escapar de un campo de concentración, se ocultó en la Francia de posguerra y finalmente regresó a España para vivir bajo la dictadura franquista. Una existencia marcada por la penuria y la necesidad que, en su momento, no fue excepcional —era el destino de muchos—, aunque hoy pueda parecernos casi una historia de ficción.
El relato de toda una vida está escrito por Antonio Altarriba hijo y dibujado con maestría por Kim, lo que les valió el Premio Nacional del Cómic en 2010. Poco se puede reprochar en este aspecto: la narración engancha desde el inicio, ya sea porque uno empatiza con el protagonista o porque quiere descubrir cómo logra salir de la interminable “gincana” de problemas que le presenta la vida.
Eso sí, debo advertir que el autor idealiza en exceso ciertas posiciones políticas. Me explico antes de que alguien piense en etiquetas fáciles: el bando nacional persiguió, mató, torturó, robó y saqueó allá por donde pasó, y esto es incuestionable; pero el bando republicano también cometió atrocidades semejantes. Todos estos actos son igualmente despreciables, aunque, cuando suceden estando el protagonista en el lado republicano, parecen narrados de forma más romántica. Entiendo que los sentimientos pueden pesar a la hora de escribir, pero son matices que, como amante de la historia, me chirrían tanto en un sentido como en otro.
Dicho esto, el ritmo narrativo está muy bien llevado y rara vez se dispersa en episodios que no conducen a nada. En cuanto al dibujo de Kim… bueno, es Kim. Quienes ya conocemos su obra estamos familiarizados con su estilo tan característico, aunque reconozco que me sorprendió verlo aplicado a una historia tan seria y profunda como esta.
La otra historia llega seis años después bajo el nombre de El ala rota. Otra historia de lucha y superación en los años más duros de nuestra historia reciente, pero en esta ocasión a través de las memorias de Petra, su madre. Evidentemente, el marco histórico y social vuelve a ser el mismo que en El arte de volar.
Es cierto que en El ala rota se cambia la población de origen, pero en esencia se vuelve a presentar una historia similar: una joven de origen humilde, con una infancia miserable, encerrada en un pequeño pueblo de la España profunda y condenada a la vida que una mujer se suponía debía tener —es decir, ser sirvienta de su familia primero y de su esposo después.
Tras la guerra, Petra puede salir del pueblo para ir a buscar trabajo a la ciudad, donde cambia el servicio a su difunto padre por el servicio en la casa de un alto funcionario del Estado franquista. Es en este punto donde ambas historias convergen —la de Antonio padre y Petra— y donde ambas van rellenando los huecos de sus respectivas vivencias.
Ya vimos en El arte de volar que Antonio, pese al trato tierno de su hijo, era un putero y un mujeriego que no dudaba ni un instante en engañar a su mujer. En esta ocasión vemos cómo Petra, devota esposa y ferviente católica, aguanta las infidelidades de su esposo conteniendo las lágrimas y volcándose en sus “labores” y en la educación de su hijo.
Altarriba hijo, el autor, nos da la historia de España desde los ojos de una mujer de esa época; una visión en la que la política importa poco cuando lo que debe relucir son los suelos, y donde, pese a todos sus esfuerzos, termina sus días separada por el abandono de su marido.
Aquí tengo que decir que hay que tener los cojones muy gordos para elogiar la figura de un padre que, después de engañar a su mujer de manera constante durante su matrimonio, termina separándose de ella para dejarla, en la recta final de su vida, en una residencia de monjas. Pero bueno, aquí cada uno con su conciencia.
Como iba diciendo, una historia triste para una mujer fuerte y que siempre se mantuvo fiel a sí misma. En el dibujo tenemos a Kim, que también es fiel a su estilo, aunque tengo que admitir que en este caso noto su trazo menos caricaturesco de lo habitual, y todo el conjunto tiene un empaque mucho mejor que en el anterior.
Tanto El arte de volar como El ala rota ofrecen visiones distintas de un mismo contexto histórico, y ambas se complementan de manera perfecta para dibujar a la familia Altarriba. Si bien me ha gustado mucho más la última, hay que reconocer la intensidad de las dos historias y la maestría con la que están contadas. Además, ambas llegan en un pack editado con un cariño muy especial por Norma Editorial, con sobrecubierta para guardar ambos títulos y muchos extras en su interior.

De tanto jugar a videojuegos he terminado escribiendo de ellos en @noespais, hablando de ellos en @reservademana, director de la extinta «La Pistachería»